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Redes sociales y Salud Pública

Este artículo es una actualización del post de Redes sociales y salud pública de 2014.

Este año que acaba ha sido decisivo para impulsar el uso de nuevas tecnologías tanto a nivel personal como profesional. Según el VII Estudio Anual de eCommerce en España 2020, de los 33,6 millones de españoles de entre 16 y 70 años, según datos del INE, el 93% son internautas y de ellos el 72% compra online, con un incremento durante este periodo tanto en la frecuencia como en el gasto.

En el terreno profesional, el teletrabajo, situado en un 4% durante los últimos años, crece hasta el 16,4% en 2020 según datos de Ranstad publicados por El País, y esta tendencia parece dispuesta a aumentar durante los próximos años.

El innegable protagonismo de las redes

El uso de las redes sociales también aumenta exponencialmente ya que se convirtieron en la principal vía de escape durante las etapas más severas del confinamiento debido a la COVID-19. Según datos publicados en abril de este año, el consumo de información en redes en España había aumentado un 55% durante la segunda semana de marzo.

Es, por tanto, de especial relevancia que, como comunicadores científicos, analicemos el impacto que estas tecnologías y, en especial, el uso de las redes sociales puede tener en cómo se producen y consumen los contenidos en salud. La crisis sanitaria mundial, que ha venido a alterar prácticamente todos los aspectos de nuestra vida, es una oportunidad para observar estas tendencias y aplicarlas en nuevas estrategias.

Esto cobra un especial sentido para las instituciones de salud pública, que han utilizado, durante todo este periodo, las redes para establecer un contacto directo con los ciudadanos y para erigirse como voces autorizadas en una crisis sanitaria mundial.

Nadie discute los beneficios para las instituciones de salud pública del uso de las redes sociales. En un  artículo publicado por el Journal of Medical Internet Research se citan entre ellos: la prevención y el control de enfermedades infecciosas, y en particular, de nuevas enfermedades, así como su coste-eficacia.

Los autores del artículo se plantean una serie de hipótesis comprobadas empíricamente entre las que se encuentran: las redes sociales incrementan la concienciación de la salud pública, pueden ser utilizadas como plataformas para proteger la salud pública, y la modificación de comportamientos en salud pública media entre el uso de las redes sociales y la concienciación, entre otras.

Además, se apuntan otros beneficios señalados en anteriores investigaciones, tales como la divulgación de las intervenciones de salud pública, la concienciación de la población, la mejora de los resultados en materia sanitaria, así como la distribución de información sanitaria.

Observando y modificando comportamientos

Sin embargo, para poder propiciar un acercamiento adecuado a las redes sociales y un uso efectivo de las posibilidades que nos ofrecen, es necesario que los comunicadores científicos seamos capaces de, por una parte, entender las posibilidades ilimitadas que la comunicación en sí ofrece en los ámbitos de la salud pública y, por otra, entender los comportamientos de los ciudadanos cuando se enfrentan a decisiones relacionadas con su salud.

En este sentido, los teóricos del comportamiento han hecho valiosas aportaciones cuando han analizado qué motiva a los individuos a adoptar ciertas actitudes o hábitos sanitarios, qué les impulsa, así como los factores ambientales, físicos o psicológicos que pueden alterar estas actitudes o decisiones.

Porque, tal y como comenta  Helena Martorell, la que fue durante muchos años directora de Comunicación de la Agència de Salut Pública de Barcelona, en su trabajo de grado La comunicació com a instrument de Salut, en el que cita las afirmaciones  de Gema Revuelta, “si hay un ámbito de la salud en el que la comunicación es imprescindible, este es el de la salud pública. La salud pública requiere comunicación entre personas, también con los medios de comunicación y, a menudo, con diversos actores que muestran intereses divergentes o contradictorios”.

Es importante, entonces, analizar el papel de las redes, utilizarlas siendo conscientes de la  importancia que tienen, pero, a la vez, siendo críticos con aquellos aspectos en los que son susceptibles de mejorar. En el artículo “Public Health in the Era of Social Media” publicado en el American Journal of Public Health, los autores plantean lo que denominan desafíos de las redes.

Entre ellos señalan la incapacidad de las compañías detrás de las plataformas para detener, en tiempo real, informaciones perjudiciales como aquellas referidas a sustancias ilegales o hashtags relacionados, en Instagram, por ejemplo. Esto hace aún más necesaria una concienciación profunda sobre redes sociales y fake news, así como legislación al respecto.

Otro de los desafíos que señalan los autores es la aplicación de algoritmos que puedan priorizar una información dañina sobre una que pueda beneficiar a la población. Sería el caso de un usuario que busque en las redes sociales un término sobre un tema perjudicial como, por ejemplo, la anorexia, y reciba resultados de aquellas cuentas con más visitas, aunque su contenido sea dañino, en lugar de aquellas que le pueden ayudar con su afección. Los algoritmos, a su vez, desencadenarían la aparición de contenido sugerido relacionado sin poder ser capaces de discernir la motivación de la búsqueda.

Finalmente, señalan la gran cantidad de información que estas compañías poseen sobre los usuarios, lo que puede cuestionar la ética en cuanto a cuándo deberían intervenir en caso de que haya usuarios produciendo o consumiendo información malintencionada.

Es por esto que, para paliar estas circunstancias, señalan la necesidad de una legislación concreta sobre contenidos en materia sanitaria y redes sociales, así como un trabajo conjunto entre compañías privadas e instituciones públicas.

La crisis sanitaria vivida causada por la COVID-19 ha obligado a las instituciones públicas sanitarias a acelerar un proceso que parecía imparable: su adaptación a las redes sociales y su consolidación como actores fundamentales; sin embargo, también deberá servir para analizar, modificar y crear nuevos puntos de acercamiento a la población.  Ahora más que nunca, el diálogo es directo y es necesario que también sea efectivo.

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