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El momento decisivo de la telemedicina

El momento que nos está tocando vivir actualmente sin duda marcará a nuestra generación y a las venideras. Una pandemia, la COVID-19, que, según confirma la Organización Mundial de la Salud (OMS), se propaga a un ritmo acelerado, está causando un gran sufrimiento entre los colectivos más vulnerables y ha puesto en jaque, en menos de tres meses, a los sistemas sanitarios de varios países desarrollados.

“Incertidumbre” es quizá la palabra más utilizada para definir este escenario, pero, en el día a día de las instituciones hospitalarias, otro término emerge para describir lo que se está convirtiendo en una herramienta fundamental: la telemedicina.

Desde lo que puede considerarse como uno de sus primeros usos recomendados por Lancet en 1879 con la utilización del teléfono para evitar visitas presenciales, así como el inicio de su empleo en ámbitos hospitalarios a finales de los 50 y principios de los 60, la telemedicina ha crecido sin llegar, sin embargo, a convertirse en algo normal y cotidiano como lo son las redes sociales, por ejemplo. No obstante, la expansión de la COVID-19 parece haberlo cambiado todo.

En nuestro artículo “Lo que nos espera: las 5 tendencias en salud para 2020” nos referíamos precisamente a que una de las tendencias que veríamos consolidarse durante este año sería la telemedicina. Tristemente no podíamos imaginar que este posible uso generalizado podría deberse a la aparición de una pandemia de estas características.

En esa ocasión mencionábamos cifras que actualmente adquieren otra lectura, como la reducción de un 38% de ingresos hospitalarios gracias al uso de la telemedicina, o de un 31% en las admisiones. Según estos datos extraídos del artículo Leveraging remote behavioral health interventions to improve medical outcomes and reduce costs” publicado por la revista American Journal of Managed Care, el uso de la telemedicina, además, contribuyó a una reducción del número de días de hospitalización en un 63% de los casos estudiados.

La telemedicina, ya sea a través del uso de aplicaciones móviles o de dispositivos, contribuye a una reducción del gasto y suple las carencias de personal médico, dos elementos sensiblemente dañados durante el desarrollo de esta pandemia.

Un sector al alza

Según Global Market Insights, el mercado de la telemedicina alcanzaba, en 2018, los 38.000 millones de dólares y la tendencia era seguir creciendo aunque, a pesar de su potencial, las dificultades han impedido su total aceptación.

En el artículo “El coronavirus incentiva el millonario negocio de la telemedicina” publicado recientemente por La Vanguardia, además de resaltar el crecimiento exponencial de su utilización, se subrayan dos datos llamativos, que nos tienen que hacer reflexionar si realmente queremos que el sector se consolide a corto o medio plazo. Por una parte, la lentitud con la que estas nuevas tecnologías son asimiladas por el sistema sanitario, dilaciones que se deben, en parte, a la falta de recursos de los mismos centros sanitarios, y, por otra, las dificultades legales a las que se enfrentan los creadores de estas iniciativas.

Según datos de La Vanguardia, de las más de 300.000 aplicaciones existentes en el mercado, el 80% no tienen usabilidad real, debido a trabas burocráticas, de infraestructura o de seguridad.

La aparición de la pandemia COVID-19, sin embargo, parece empezar a incentivar esta adaptación a marchas forzadas.

La utilización de e-mails, videoconferencias o videochats acelera la adopción de la telemedicina entre la población no habituada al uso de aplicaciones o dispositivos. Es por lo tanto de esperar que la integración de la telemedicina en la vida cotidiana de los pacientes pase a considerarse como natural y casi obligatoria después de la COVID-19.

Otro aspecto que parece debería flexibilizarse e incentivarse en un futuro próximo es el de cómo asumir el coste de la telemedicina. En días recientes la administración Trump aprobó su inclusión dentro de los planes de Medicare, como un paso más para estimular su uso y desconcentrar la carga asistencial de los centros hospitalarios.

En este contexto, el papel de las aseguradoras de salud es fundamental, ya que proveen de estos servicios a una gran parte de la población con esta cobertura sanitaria. En nuestro país podemos encontrar casos pioneros tales como Doctor Clic de AXA Partners o Blua de Sanitas, que ofrecen consultas online con sus cuadros médicos, entre otros servicios.

Sin embargo, para lograr una generalización del uso de la telemedicina también es necesario contar con un ecosistema de entidades dispuestas a apoyar y estimular la creación de soluciones en el sector. Este es el caso de Barcelona Health Hub (BHH), entidad dedicada a estimular la interacción entre start-ups, corporaciones sanitarias e inversores.

BHH cuenta entre sus miembros con start-ups que actualmente están promoviendo un movimiento para contribuir, a través de sus servicios, a la lucha contra la COVID-19. Estas iniciativas incluyen empresas como MeetingDoctors, servicio de consulta médica digital; Mediktor, una plataforma que actualmente también contribuye a la detección y evaluación de los síntomas relacionados con la enfermedad; HumanITcare, servicios de monitorización para hospitales, o Derma2go, consultas online sobre dermatología.

Nunca podríamos haber imaginado que la irrupción y total adopción de la telemedicina se llevara a cabo en circunstancias tan graves como las actuales; sin embargo, entidades, emprendedores y start-ups han venido preparándose desde hace mucho tiempo y parece ser que su momento ahora ha llegado por la aparición de la COVID-19.

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